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Panes y Cielos 2011
Catamarca Profunda
por Pedro Patzer*
 

a la soñadora, militante y valiente juventud catamarqueña

Algo huele bien en Catamarca, dice el príncipe de los valles, el príncipe de la quebrada, el Hamlet de la puna, porque hay una Catamarca secreta, una Catamarca profunda, que la mayoría de los argentinos desconocemos. Una Catamarca que posee un paisaje espiritual tan hondo, que merece ser reivindicado. Geografía humana como la de estrechar las manos de la tejedora belenista, y encender, el ancestral arco iris de la Catamarca interior: “Tejedora belenista, telar en flor/ hila con hilos de luna/ la pena con la canción/ agüita de olvido bebo de sus manos/ ardidas al fuego de mi corazón” Paisaje espiritual como las manos de la abuela, que rompen las nueces para convidar a sus nietos el sabor de Capayán, o como los niños de Ambato que luego de la lluvia van a recoger caracoles. Catamarca de los mineros de Capillitas, pequeño pueblo de Andalgalá (¡Oh sufridos mineros de Catamarca, parientes del volcán y el cielo!) Catamarca del vino de los solitarios, el vino de Hualfín. Catamarca etérea como la que retrata el poeta Luis Franco, nacido en Belén,: “Montañas amojonan mis distancias/ las nubes echan las redes de sus lluvias para pescar árboles y pájaros. Y mi corazón se excede como los grandes ríos” Catamarca de ríos secretos, ríos que se hermanan con el cielo, ríos que llevan la cuenta de cada uno de los sedientos: “La fuerza del río se ciñe a mi cintura/ mientras el ecuador de la siesta/ comienza a madurar todos los deseos y las frutas” (Luis Franco) ¿A cuántos hombres y mujeres habrá quitado la sed, el catamarqueño río de la Tambería, río tinogasteño, que por las noches compite por la embriaguez secreta, con el río de la querencia? ¿A cuántos animales sagrados, a cuántos pájaros de nadie, a cuántas almas de los caminos, le habrá puesto nombres el silencio de la puna catamarqueña? ¿A cuántos vientos, habrá desheredado de frutos, el álamo solitario de la cuesta del Portezuelo? ¿Cuántas estrellas y cometas, se confunden con el rocío que baña el valle donde pastan las ovejas? ¿Cuántos esclavos modernos, de Buenos Aires, Córdoba y Rosario, darían todo por ser un minuto ese caballo salvaje, que interpela de belleza al río sin nombre, al río que sólo fue creado para su galope crepuscular? En los caminos de la Catamarca profunda, los zapallos reclutan atletas del hambre y la papa recuerda al último emperador de los andes, emperador de la sangre y la raza, emperador, hijo de Inti, porque en Catamarca el sol es una semilla que siembra siglos de continente.

¿Cuántas cruces, en los caminos de la Catamarca profunda, cruces que celebran a los Cristos de los senderos, Cristos consagrados a las ermitas solitarias, Cristos de los accidentes y las resurrecciones baqueanas, donde las cajas vidalera dialogan abismos con la luna vallista? Aunque entre los mil tonos de verdes, del paisaje místico de Catamarca, donde la Virgen del Valle protagoniza milagros y María Soledad regresa en cada muchacha provinciana que junta plegarias, irrumpe el rojo correntino del Gauchito Gil.

En uno de los caminos escondidos de la Catamarca profunda, vive una señora que hace quesos, o mejor dicho: uno de los caminos escondidos, de la Catamarca profunda, es una señora que hace quesos, porque esta señora es un pueblo, una comarca, un paisaje que entre cabras y perros, tiene un gallo que todos los días desentierra a la aurora diaguita, para echarla a rodar, valle adentro.

Cerro catamarqueño, al que los años de nieve platearon la sien, cual tango de comarca, tango de provincia, tango de piedra y valle, tango de nostalgia baqueana y de lupanar cósmico. Cerros de la Catamarca profunda, compadres de las constelaciones; volcanes de la Catamarca profunda cómplices del primer fuego que el hombre alcanzó; arboles de la Catamarca profunda, alfabetizadores del silencio baqueano, silencio que el catamarqueño masca, hasta alcanzar el sabor de la poesía de Luis Franco: “El sol suena en los gallos todavía. En enagua y corpiño la chica remuele en el mortero pepita de durazno para aclarar el agua/ Dios de alpargatas, desde su patio, el tonelero hace temblar la aurora ajustando una duela

El burro que a paso lento carga a la niñez catamarqueña, la remota laguna que funde silencio y oro, ignorando a cuánto cotiza la leyenda, y en una caja chayera las coplas son urgentes telegramas de amor y olvido, de desarraigo y naufragio planetario, mientras la tímida guitarra catamarqueña, madero de antiguos abrazos, colecciona zambas y cuecas, que intentan emular el latir del pueblo lejano.

Algo huele bien en Catamarca, que el Hamlet del valle, dialoga con el espectro de Felipe Varela, héroe de cerros y ríos, prócer de la soledad catamarqueña: ¡Viva el General Varela/ por ser un jefe de honor!/ ¡Que vivan sus oficiales! ¡Viva la Federación!

(Una leyenda se confunde con el viento, leyenda que recuerda que en las tinajas escondían a las muchachas, para que Felipe Varela y sus soldados, no se las llavaran)

En la Catamarca profunda, los volcanes Antofagasta y Alumbrera, corrigen de lava al horizonte, con sus libros de ceniza y siglos de piedra, mientras que las salinas y los salares (El hombre muerto, Antofalla y el de Carachi Pampa) le colocan el más blanco guardapolvo al paisaje catamarqueño

Catamarca corazón árido, alma de litio y ruinas donde sol Inca hizo nidos de leyendas, fortalezas de resistencia americana

Catamarca de Polonia Chávez, Fernandina Reales y Desideria Miraval, abuelas antofagasteñas, heroínas culturales de los valles, que con sus cuentos colmados de difuntos, reyes encantados, zorros y quirquinchos, ollas, ollitas, tinajas y tinajones, y mujeres que hilaban demasiado, se convirtieron en el patrimonio espiritual de Antofagasta. Porque en Catamarca, las historias de vida de sus hombres y mujeres, hacen la cultura; sus días son sus batallas; sus miradas, sus museos; sus tejidos, sus banderas; sus silencios, sus himnos; sus muertitos, sus próceres, sus oficios, sus patrias.

 

 
 
 

 

Pedro Patzer estudió letras en la UBA. Guionista recibido en el Iser, dicta allí clases de guión de radio (también en Eter).En La Folklórica, de Radio Nacional se desempeña como guionista (contenidos) desde 2003. Ganador de SIETE PREMIOS ARGENTORES por escritura en radio: por "Pequeños Pueblos...Grandes universos" (2006); "Biblioteca Popular" (2006) y "CANCIONERO DEL PAN" (2009) , “LA CANCIÓN DESESPERADA” (2010) , “BICENTENARIO” (2010); “FACUNDO, UN LIBRO QUE SARMIENTO ESCRIBIÓ CON AMOR A SUS ODIOS”(2011) Y “EN EL GRAN CIELO DE LA POESÍA” (2011)

Tiene publicados dos libros de poema: "Artefactos de Mar" (2000) y "Efectos Secundarios" (Anaya, España)

Su primera obra de teatro, "Epígrafs" fue seleccionada por el ciclo Teatro x la Identidad, de las Abuelas de Plaza de Mayo, y fue representada en todo el país.