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Jorge Luis Reales presenta su disco, Farallón Negro
Músicas con punto de partida e infinitos destinos
El guitarrista catamarqueño afincado en Córdoba presenta su disco en donde reúne la música de raíz folklórica y elementos del jazz con la world music. La presentación, este jueves 18 de mayo tendrá como invitados a los músicos que participaron de la grabación
 
Foto: Paul Amiune
por Pao De Senzi,14.05.2017

El origen, un paisaje y un lugar en Catamarca. Allí, en Farallón Negro, frente  a la pared de una inmensa montaña (cerca de Haulfín, lugar que menciona el Cuchi en la Zamba de los Mineros), creció Jorge Luis Reales. En un pueblo minero donde trabajó su padre, y en donde – dice Jorge- “el viento  era su mascota”. Es probable que esa imagen resulte difícil de imaginar sin música. Pues, Reales se la ha puesto a su paisaje y definitivamente, a su vida. Por eso, su disco se llama Farallón Negro. Este trabajo recién editado – que presenta este jueves 18 de mayo en Córdoba- es el resultado de algún tiempo de maduración, de sus propias obras y de aquellos autores que interpreta, como Ginastera, Oscar Valles, Polo Giménez, Cuchi Leguizamón y Ariel Ramírez entre otros.
 
Luego de aquella infancia, Jorge Luis Reales se instaló en Córdoba y aquí hizo carrera y familia. A esa vida de allí y de acá, está dedicado este maravilloso trabajo instrumental que rescata un paisaje folklórico  y lo pincela con otros sonidos – no lejanos a la impronta del guitarrista- como el jazz y la world music. Jorge le cuenta a Boletín Folklore de qué se trata Farallón Negro.

Este disco es un trabajo en el que se mezcla el folklore, la experimentación y el estudio. ¿Desde qué lugar viaja hasta todo esto tu inspiración?

Jorge Luis Reales: -Es una buena pregunta… El concepto que trabajé en el disco es tomar la música de raíz folklórica como punto de partida, pero no de llegada, de modo tal que hay lugar para el jazz, para la música contemporánea y la world music. Todos estos conceptos viajan hacia mi niñez. En donde uno aprende y juega todo el tiempo, y mi niñez fue en ese pueblo perdido entre las montañas, en donde el viento era mascota y en donde había más minerales que plantas, más máquinas que gente. Pero por sobre todo, la inspiración viene de uno de los lugares más hermosos de Argentina, donde las montañas tienen miles de colores, donde la erosión hace de los paisajes una belleza. Esos paisajes que viven al lado de aguas termales y sitios arqueológicos milenarios que siguen vivos a través de la cerámica, el canto y los tejidos de mi pago. Una suerte de sincretismo

¿Qué podés decirnos de tus obras, de cuándo datan, por qué fueron compuestas?

JLR: -Las obras tienen un recorrido de mi estadía en córdoba y son de diversas épocas. La canción que da nombre al disco “Farallón Negro” es la más vieja de todas, es del año 2008, cuando estaba en tercer año de la carrera de composición en la UNC. Casualmente la obra está dedicada a dos profesores y referentes míos de esa institución que me dio TODO. Inmediatamente surgieron más canciones de diversa longitud y color que responden a una etapa más académica de mis estudios acá, donde trabajo periodos binarios desarrollados y algunos con el concepto de forma sonata, por eso también son los más largos del disco, alcanzando casi los siete minutos en varios temas del disco. De modo tal que puedo decirte que mis composiciones (los primeros 7 tracks del disco) toman la raíz folklórica como punto de partida únicamente.

¿Y las otras de diferentes autores?

JLR: -Esas obras en todo caso muestran las referencias ineludibles a la hora de crear,  donde los arreglos de las canciones folklóricas -en las que respeto cabalmente la forma de ellas salvo algunas “licencias” mínimas-, están hechas de mi costado folklórico, tratando de usar los colores que me gustan pero sin perder esa “tierrita” tan necesaria. Los clásicos versionados son “Zamba de Los Mineros”, “Tres Bailecitos” (“Viva Jujuy”- “Viejo Corazón” – “La Yapita”), “La Tristecita”, y la chacarera trunca “La vieja”.
Los otros tres temas restantes (“Polenta y tumba” de Sebastián Zambrana, “Vidala De Alberto Ginastera” y la vidala anónima de Cerro Negro Tinogasta “Ay por qué Dios me daría”) tienen un carácter más cercano al jazz y a experimentar.

Hay una sensación de que es un disco en el que la profundidad musical remite a la profundidad de tu persona (ahí está la infancia, los padres, los hijos, tus paisajes, el amor). ¿Es así?

JLR: -Sí. Este disco representa mi niñez, mi adolescencia y vida como adulto, la vida de ser padre que es lo más hermoso y mis amores como también mis desamores, el extrañar mi tierra cada día, extrañar a mis padres, extrañar el paisaje y construir un concepto sonoro en torno a la defensa de la madre tierra y la expulsión de las megamineras.

¿Qué aportan los músicos invitados al disco además de su arte y sus instrumentos?

JLR: -Aportan sus increíbles ideas y su inconfundible sonido y manera de tocar, todos los invitados aportaron su color, Nicolás Mazza aportó su profundo sonido de su clarinete bajo, Gustavo Aiziczón su enorme sonido de contrabajo. Juan Falú su exquisita y profunda guitarra de la que cuelgan nuestros corazones de guitarra, es decir ¡que placer es verlo tocar!. Mi viejo me decía algo y tenía razón, te mata de a poquito, es muy bello lo que hace... Por otro lado esta John Stowell que es un marciano, un animal de otra galaxia tocando y con un lenguaje súper personal, he aprendido tanto de él, sobre todo su humanidad!. Huayra Bustillo que siempre demuestra que puede tocar folklore, música clásica o jazz con la misma soltura y con un sonido gordo, grueso y enorme. Y qué decir de los percusionistas. La percusión de Román Dagna es única y multi tímbrica, es uno de los percusionistas más completos y originales que hay, es un grandísimo amigo por el cual compartimos el amor por Oregon y Gismonti, y espero producirle alguna vez un disco, ¡si me deja, claro!.
Por otro lado viene de la escuela de Pichi Pereyra, Pichi toca con su característico “Set en la Vieja”, que como decimos todos, es el “Steve Gadd del Foklore” con eso te digo todo: tiene un “Groove” que te seduce y te hace gozar el alma y un toque inconfundible, en fin una institución el querido Pichi.
Por último Mario Gusso se encarga día a día de dejar claro porque todo el mundo quiere tocar con él, un virtuoso que genera una paleta inmensa de sonidos y grooves, en donde nunca se repite, escucharlo con Liliana Herrero, Melina Moguilevsky, Víctor Carrión o La Bomba de Tiempo es una experiencia distinta cada vez, es un genio.

Juan Falú, John Stowell, coinciden en que en vos conviven lo clásico y lo moderno. ¿Cuál es la esencia musical de Jorge Reales?

JLR: -Mi esencia musical es la vivida acá, donde redescubrí  mi pasado y me encontré con el futuro que sigo buscando día a día, en esas circunstancias conviven mi experiencia de tocar rock y jazz, con mi formación académica y mi raíz folklórica.

Farallón Negro es un tema que parece describir ese relato sobre tu infancia en ese paisaje. ¿Es posible que las idas y vueltas de ese tema tengan que ver con ello?

JLR: -Si totalmente. Las idas y vueltas me los trae la vida. Me siento identificado con la zamba “Maturana”, estoy en Córdoba y extraño Catamarca, voy a Catamarca y el cuerpo me pide volver  a Córdoba. Supongo que es la historia básica del destierro de cualquiera que se va de su lugar en busca de un futuro. En ese futuro encontré a mis hijas y pareja, mi oficio. Pero extraño esas extrañas montañas, extraño tener los cachetes quemados, extraño los oasis. Eso es esa obra.

En La vidala “Ay por qué Dios me daría”, suena un violín, y se convierte en uno de los temas más originales (y bellos) del disco. ¿Podrías contar cómo fue arreglada y cómo llega a vos?

JLR: -Esa vidala llego a mí de adolescente escuchando al extinto Dúo La Chirlera, un dúo de catamarqueños que tenía todo, calidad vocal, instrumental, un repertorio increíble y unos arreglos muy jugados, luego la volví escuchar por una vidalero de Belén que se llama Chato Bazán, y ahí terminó de emocionarme, sobre todo por la melodía, ¡parece traída de otro lado!
Todo el Norte esta étnicamente muy marcado por los pueblos originarios y la confluencia española, pero  así como los tanos redefinieron La Pampa húmeda y el Rio de la Plata, los árabes terminaron de definir a todo el Noa.
El arreglo del tema surgió mutuamente con mi amiga Huayra Bustillo, donde ella reinterpretaba la melodía y yo buscaba variantes, como distintos fondos para esa figura, y así quedo, estoy muy feliz, hasta tiene un sabor oriental en una parte.

¿Qué se verá y escuchará el próximo jueves en la presentación de Farallón Negro?

JLR: -Se verá una primera parte solista en donde la guitarra como centro, interpretará los temas que son para guitarra solo del disco, como canciones originales y arreglos que invitarán al público a sumergirse en el silencio, la observación y la interpretación de los mensajes, luego se irán sumando absolutamente todos los invitados del disco: Juan Falú, Mario Gusso, Pichi Pereyra, Román Dagna, Nicolás Mazza, Huayra Bustillo e invitados como Machi Endrek en contrabajo, Miguel Rivaynera en guitarra y Pedro Ferreyra en piano, dando lugar así a dúos, tríos y ensambles construidos a partir de la guitarra.
Va a ser una noche irrepetible, sobre todo por la inmensa calidad de los invitados… ahora: la música no se (risas) tienen que ir a ver y escuchar, así que vayan!

 
+Entrevistas

Jorge Luis Reales presenta  "Farallón Negro"
Jueves 18 de mayo, 21 hs Aula Magna de la Facultad de Ciencias Físicas y Exactas
Av. Vélez Sarsfield 299, Córdoba
Entrada Gral $100

Más sobre el disco
 

"Farallón Negro es un Pueblo Minero, ubicado en Hualfin, Belén, Provincia de Catamarca.
Mis padres por una cuestión económica consiguieron trabajo allí, nos fuimos y me crié ahí. Viví hasta los ocho años hasta que regresé a la capital (San Fernando del Valle).
Farallón Negro es un lugar tan exótico como único, tan remoto que sentía que después de las montañas se me acababa el mundo. Mis amigos y yo, como casi todos, teníamos los cachetes quemados por el sol, el viento seco y el frío. ¡Qué frío! Siempre se acumulaba muchísima nieve, es que claro, estábamos en un lugar que era una mezcla de la Cordillera oriental de los Andes, con sierras subandinas y prepuna y puna, porque no cuento el calor que hacía allí cuando era verano, hasta que, claro, se iba el sol y la temperatura bajaba 20 grados.
Esta canción es todo eso, combinados con crecer al lado de voladuras, ver más camiones que gente, más piedra que tierra, más oro y cobre que agua.
Es increíble recordar que jugábamos al lado de cerros de colores. Recuerdo que todas las casas eran parecidas… Claro, vivíamos en un campamento minero… ¡No era ni un pueblo! Cuando me preguntaban de dónde era, lo único que sabían es que ahí se sacaba oro, que era un lugar donde al lado del oro y el cobre resguardado por las montañas crecían algunos sauces y algunos Itines…
Y los colectivos de ida y vuelta a Belén, esos Mercedes Benz viejos en que el chofer tenía pegado arriba del parabrisas una imagen de Jesús con la túnica de Boca, con mucha Guaracha de fondo, mientras el viaje se dividía en pasajeros a un costado y bolsos, cajas y hasta Gallinas! Del otro lado, todo esto bautizado por una incondicional vomitada debido a la altura.
En Farallón había piedras Huecas que al golpearlas emitían un profundo sonido. Recuerdo el sonido del agua deshielada bajando para regar las cosechas de algunos pastores convertidos en mineros que durante muchos días viven como dice el poema de Castilla… que “con el alcohol y la coca tapan la sed de amor y besos”, los mismos que en cada febrero nos llenábamos de agua y harina, porque ese carnaval quizás nos hacía olvidar lo malo, y estar esperanzados.
Tampoco puedo Olvidar los Misachicos, ritual de sincretismo donde se encuentran amistosamente los pueblos originarios y la conquista española, porque es un ritual donde la religión católica y los cantos con caja, Bombo, Acordeón y violín, confluyen a paso lento, subiendo la montaña buscando la yacurmama, que pedía el milagro de la lluvia para aquel campesino que quería sembrar como un semen dichoso la semilla de la vida para después repartirlas en los golpes de esas tacanas comunitarias.
Como no olvidar jugar en “El Arenero”, una montaña de color rojizo y verde donde tenías que elegir dónde pisar para no romper la cerámica milenaria esparcida (les cuento que mi tierra es un museo a cielo abierto). Años después comprendí que la zona de Hualfin es una de las capitales nacionales de la arqueología. Pero también cerca de ahí estaba Agua de Dionisio, un lugar idéntico al Cañón del Colorado, que ninguna autoridad provincial universidad o nación da a conocer, porque quizás es tan bello que temen que sea más visitado que el Talampaya, un lugar que atestiguaba que antes que los españoles, nuestros abuelos originarios sacaban lagrimas del sol, cuidaban y defendían con sangre y amor su tierra…. A tal extremo llegaba esa resistencia que cuando en 1627 el encomendero español Juan de Urbina descubrió un yacimiento de Oro en Área Catamarqueña, los Indios lo asesinaron junto a toda su familia y hombres.

Jorge Reales, en su cuenta de Facebook, 7 de abril de 2017

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