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Por un lado, los cantautores que hablan del hoy. Por otro, la nostalgia y los clásicos. Las dos primeras lunas de la edición 57ª, pusieron sobre la mesa dos vertientes del folklore que hoy marcan grandes diferencias de opinión y públicos.
Foto: Cosquin 2016, Luciana Jury por Carlos Paul Amiune ! Patagonia y Lipán, gentileza Aqui Cosquin
Pao De Senzi, desde Cosquin 23.01.17
 

Pasaron las dos primeras noches de la edición 57ª del Festival Nacional de Folklore de Cosquín, y cada uno de los momentos de las dos jornadas iniciales, tuvo, como siempre algo para destacar.

El sábado, desde temprano, el desfile inaugural tomó las calles, mientras la multitud se agolpaba a la vera del paso de la marcha, para comenzar a palpitar las nueve lunas más luminosas del Valle de Punilla. La primera fue una noche, que musicalmente no tuvo desperdicio, por su nivel artístico, por su originalidad (en este caso, porque mucho de lo que hubo sobre el escenario Atahualpa Yupanqui, no se ve desde hace tiempo) y porque el público, muchas veces por ver a su artista preferido, entre tantos de una grilla extensa, se dispersa y se impacienta. Esta vez fue respetuoso, atento y celebró cada uno de los momentos de la noche

La del sábado fue una luna donde la palabra tuvo protagonismo, a pesar de haber sido etiquetada como la noche “Para bailar”. La primera  sorpresa la dio el discurso del cura párroco de Cosquin, quien al bendecir la Plaza, habló del desmonte, la baja en la edad de imputabilidad, y otras cuestiones que están latentes en la sociedad de estos tiempos. Para el arranque de un festival que a los ojos del mundo es la representación de la cultura popular argentina, es el mejor de los comienzos. Lo cotidiano se entremezcla con la música, el folklore es el vocero de las cuestiones del hombre de hoy, como lo ha sido siempre.

Siempre, la música.

La orquesta Blas Parera abrió la noche con una versión del Himno Nacional Argentino y dio lugar al Aquí Cosquin en la voz de Claudio Juárez, el maestro de ceremonias. Ahí nomás, el plato giró al centro del escenario y Dino Saluzzi, junto a una banda sólida, dio cuenta de algo que ya venía flotando en el aire. Su humanidad toda, que también es su música, queda muy lejos de cualquier debate superfluo, y más allá de cualquier palabra. El salteño repasó todas las aristas de la música popular argentina, y la hizo llegar desde el más puro sonido del folklore, acompañado por una fusión que llegó desde los instrumentos pulsados por los músicos que lo acompañan.

La noche tuvo un poco más tarde otra muestra de que el folklore que se nutre de lo académico y lo versátil  ofrece –también- los más variados colores y sonidos: Los Amigos del Chango es un claro ejemplo de ello. Once músicos interpretando aquello que el Chango Farias Gómez llamaba simplemente Música Clásica Argentina. Poco tiempo y ningún bis para uno de los momentos brillantes de la primera luna. El tiempo es tirano. Algunas decisiones, inexplicables.

En la misma noche, la otra vara de la música popular, la que se mide desde la voz, estuvo a cargo de Luciana Jury que por primera vez sube al escenario mayor. Su voz, sonó más allá de la plaza, con coraje, fuerza y ese talento para penetrar en lo más profundo de cada una de las obras que interpretó, de Farias Gómez y del Chango Rodríguez entre otros, a quien dedicó su actuación. Orellana Lucca, que vienen de ser consagrados en Jesús María, repitieron la hazaña una vez más con un repertorio original y un público que ya los puso en el lugar más alto. Enrique Machetti, otro talentoso compositor santiagueño fue el invitado del dúo que forman Manuel Orellana y Rodolfo Lucca. Completaron su actuación con un bis pedido a grito pelado por el público. De igual manera, Horacio Banegas, -acaso el artista más pedido por la gente en la historia de los últimos años del festival de Cosquín- extendió su actuación con tres bises, luego de orecer un set junto a sus hijos, Jana y Christian

La plaza  recibió a la Delegación de San Juan y unos deslucidos Trovadores (con una formación nueva, salvo el histórico Carlos Pino) cuya presencia fue el resumen de los primeros 50 años del poncho coscoíno. La agrupación fue la primera que utilizó la prenda creada por Coloma Coll en el festival, en los años sesenta.
Luego de que el ballet folklórico nacional entregara una original puesta en escena de bailes de salón de principios de siglo XX, la plaza ya estaba lista para recibir a José Luis Aguirre, quien nuevamente  nutrió de poesía y palabra el aire de Cosquín y, que otro año más se postula como el consagrado del festival. Más allá de las formalidades y los premios, Aguirre  es uno de los pocos artistas cuyo magnetismo no necesita de grandes producciones, ni arengas, ni gritos. Pasa del cuarteto, a la tonada, a la  zamba, y el público responde, del grito al silencio. Puede manejar cuando habla  a la gente, que bebe cada palabra y escucha cada una de sus declaraciones, que no son otras que aquellas que rondan en boca de todos en este tiempo: el cuidado de nuestro monte nativo, los ríos, la naturaleza. Detrás de él, imágenes tomadas por Federico del Prado de Jáchal, la marcha por la ley de bosques y tantos reclamos sobre el tema, ilustraban la palabra del transerrano    

El cierre de la primera luna estuvo a cargo de Raly Barrionuevo, quien nuevamente puso a bailar la plaza con su repertorio más conocido, aunque no faltaron sus canciones más entrañables como “Zamba y Acuarela”. Fue con ésta, acompañado de su guitarra, con la que abrió la puerta de un set que cerró una noche inolvidable, a las 4 de la madrugada.

Luna dos

Como las tribunas en donde se dicen las cosas que hay que decir, este año Cosquín parece ser el lugar que han elegido los artistas para enumerar aquello que pasa, y que muchas veces los medios no hacen visibles. El caso de Rubén Patagonia (que junto a Tomás Lipán fue parte del espectáculo “Pacha Mapu” tierra, en quichua y mapuche), en la segunda luna, tuvo ese momento en el que la música es el estandarte de los pueblos.

Patagonia dio un paso atrás y dejó avanzar sobre el escenario a Soraya, originaria del sur: “soy una representante mapuche de la comunidad lof, -dijo. Desde hace 130 años la mapu nos sostiene. Queremos dejarles un territorio digno para nuestros hijos y nietos”, culminó, diciendo “fuera Benetton, Barrick Gold y Monsanto”. El público se puso de pie y algunos carteles repetían el reclamo desde la tribuna, mientras sonaba la voz de Patagonia, a la que seguiríael cantar profundo del Purmamarqueño.

Era la noche de los clásicos, y cada uno de los que subieron a cantar al escenario Atahualpa Yupanqui, dieron cuenta de eso y revivieron viejos momentos de un festival que para esta época, retoma nuevas propuestas y en otros casos, no puede despegarse de la nostalgia.

Así pasaron César Isella, con sus clásicos y anécdotas, Los 4 de Córdoba, con algunas canciones nuevas que hablan de la tierra mediterránea y sus personajes además de un  pequeño homenaje a Horacio Guarany; Víctor Hugo Godoy recordó aquellas lunas festivaleras de los sesenta, como lo harían a lo largo de la noche, otros. Opus Cuatro con nuevas voces, y Por Siempre Tucu con más clásicos, y dos momentos distintos y con igual intensidad nostálgica, mientras que Carlos Méndez, recordó desde el timbre de voz y un magnífico cuarteto de guitarras a Alfredo Zitarrosa. El silencio de la plaza ´fue parte de uno de los momentos más emotivos de esta noche, que había comenzado con el violín arrasador de Néstor  Garnica.

El cierre fue con Los Manseros Santiagueños, que nuevamente trajeron una multitud a Cosquín, aunque sin números estridentes en taquilla como lo hacen por ejemplo, en Jesús María. Apenas un poco más de 5000 entradas vendidas, de un total de 8600, pero sin perder el magnetismo y encanto que tiene su esencia. Por supuesto recordaron a Fatiga Reinoso, el cuarto integrante fallecido en los últimos meses del 2016, y dejaron flotando el aplauso y la emoción en el aire de la segunda luna

Cosquín marcó este año, en el comienzo eso que hoy conlleva nuestra música popular y que recorre por estos días, dos rutas: la de la palabra y el fundamento, en voces que sólo acompañadas de una guitarra cautivan a un público escuchador y perceptivo; y aquel folklore que se nutre de lo más puro que puede tener el arte popular de un pueblo: la danza, el canto colectivo y la celebración. Todo eso, hoy converge en Cosquín, sus calles, sus peñas y el escenario mayor.

 

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